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lunes, 2 de mayo de 2011

nº527... soy marino...




“Si te vas a embarcar, jamás te enamores. No escuches al viento.Fué el consejo sabio de una mujer marinera. “Algún día te trasbocará el mar sobre el arenal de la playa, pero ya no estaré. La vida, como anoche o este momento, tienen su magia; cuando se pierde, es como saltar de la primavera al infierno”.

Jamás hay que embarcarnos en la oscuridad o sin la luz de un faro especial para la niebla. Un alma gris no ve por culpa de la bruma y encallará por la imbecilidad de su torpeza. Nada hay como la confianza o la fe en la experiencia de un viejo zorro de mar. Al alma siempre hay que enseñarle a marinar, para que en la desgracia de un naufragio el pánico no la hunda en el siniestro y pueda bracear hasta salvar la vida.

No es fácil aprender a suspirar sin el sentimiento de nostalgia, o sin sentir el acoso de una sombra de remordimientos. Somos aves marinas migratorias. Buscaneros de sentimientos. Amantes de la aventura y de la vida. A veces pienso que somos los cabellos del viento o de los sueños sueltos, a merced de las manos y de los deseos de nuestras amantes de puerto; mientras el sol nos corona o curte nuestras pieles con sal y con fuego, como en las ceremonias en las que Nautilos inviste y proclama a sus nuevos Caballeros de los Océanos en la Catedral del Mar.

Cada vez que se leven anclas, en lo más profundo del alma, cada uno de los marinos sienten el zarpazo íntimo de un ancla que se arrastra, arrancando en jirones malatos los recuerdos fugaces. Pronto desaparecen los mástiles de sus siluetas, como las gaviotas o los alcatraces que los despiden, entre la bruma o el crepúsculo.

“El quid de la vida es forzar al destino, a hacer buen viento y buena mar para nuestros viajes. Hacernos navegantes sabios y aprender a cortar los vientos y las olas”. Hay tantos consejos sabios, tatuados con amor en nuestras memorias, que es imposible olvidar o ignorar, la sabiduría de esos filósofos del mar y de la vida.
Ninguno ama, comprometiendo sus sentimientos con las amazonas de tierra firme.
En los mercantes, nunca falta el polizón que busca esperanzas libertas en un escondrijo, así sea una madriguera o un vestido de madera para sus sueños.

El corazón de un marino es una prisión sin cerrojos; sus vidas, jaulas sin rejas y sus amores, casas sin puertas. Mi vida ha sido paráfrasis de un barco embriagado sin timonel y a la deriva. Somos como los navíos esteparios o los lobos marineros de las glaciales aguas. Vagabundos de puertos. Caminantes sin memoria, ni sentimientos, ni tiempo. En los días tristes me obsesiono con volverte a ver. Me olvido de los días nostálgicos en que no descubría nada en tu cuerpo y le pedía a Dios que me olvidaras, para no hacerte daño con actitudes de indiferencia.

A veces cuando despierto, cruzas el umbral donde te borras como una sombra fantasmal. ¿Quién no se ha olvidado de soltar un cabo en su vida? ¿Cómo decirle a mi mujer a quién amo, que siento y poseo en las noches de enamoramiento; que no es a ella a quién amo, sino a la sombra que me sonríe; a esa boca que me recorre como si fuese una playa, las piernas y las nalgas como en un erótico sueño?. ¡Cuántas veces estuve a punto de pronunciar tu nombre en la intimidad!, ¡Cuántas veces le hice caracol al oído, para escuchar y sentir el reflujo del deseo y la brisa!

Hay querencias de amor que se buscan con el tiempo, cuando nos cansamos de vagabundear o de buscar un sueño imposible azotando las calles o los bares; o cuando sentimos que el tiempo y la vida, nos están pasando su cuenta de cobro.

¿Cuántos versos nacieron, nacen y nacerán de la música que le ponen los pájaros y las aves del mar, al paisaje y al viento?

¿Cuánto dura un amor marino? Un beso, una vida, una ilusión, un instante del infinito. Un atraque. Una pizca de deseo o sentimiento; puede ser defecto o exceso de una ilusión. Vivir y dejar vivir. Sin preguntas ni respuestas. Es como si el pasado, jamás hubiese existido; como si permaneciéramos estancados en un presente, o si el futuro fuese ajeno para todos nosotros.

Hay que enamorarnos, sin pasar la línea. Quien lo hace puede escorar hasta el naufragio y hundirse para siempre. Un viejo zorro de mar. Impermeabiliza muy bien el corazón y tus sentimientos. “Nave que haga agua, puede irse a pique”. “Un marinero nunca se puede dejar enamorar, porque si lo hace puede que más nunca se vuelva a embarcar”. Así tenemos cientos de dichos para exorcizarnos antes de bajar en los puertos.

“Algún día encallaré y no necesariamente tengo que estar viejo. Los viejos lobos de mar se cansan de cazar al azar las oportunidades y comprenden cuando la manada los rezaga o rechaza. Hay un reloj infalible en el corazón de todos. Hay una fatiga que ni el cuerpo, ni el alma pueden soportar.

Siempre un sextante imaginario le fija la ruta a nuestras vidas. Nos tatúa las coordenadas en el corazón con sal y con lejanas canciones marineras nos atraen, hasta que nos hacemos a la mar y aprendemos a navegar. El navegar es todo un proceso de enamoramiento. Un barco o un uniforme encandila. Una bahía con las luces de los barcos encendidas, ¡es como una noche de luciérnagas en el caribe!; sin embargo, desde los camarotes, los paisajes siempre son tristes como las canciones marineras cuando se embriagan en el alma.

La mar es celosa con los marinos, así sean amantes pasajeros o fugaces estrellas en sus vidas; La mar siempre arranca a los hombres de los brazos de sus amadas y los embarca sucesivamente, una y otra vez
Navegando se pierde la noción del tiempo y muchas concepciones de la vida. Es vivir embriagados o hechizados de arco iris y de bellísimas imágenes, casi surrealistas por los espejismos del alma.


El instinto del corazón es sabio: nunca supo donde aprendió cuándo regalar un tulipán, una orquídea, o una rosa. Los sentimientos de un marino, siempre se expresaron mejor con flores.

Si algún día una mujer marinera, me convida a compartir su camarote hasta siempre; o una habitación llena de recuerdos con vista hacia el mar; su mar, nuestro mar, no dudaría en volar a sus brazos. Lo importante es aprender y saber volar. Una mujer que no sabe volar, está muerta en vida. No concibo una compañera que no pueda o no sepa volar. Nosotros, los enamorados de la mar, somos amantes para siempre. Somos peces voladores, caballos mustangs de mar.

¡Cuando iba a imaginar que mis memorias iban a nacer de los apuntes que tomé a bordo en mi “pequeña bitácora”, que no era más que mi vivencidiario. “Algún día escribiré un libro”, hasta que comprendí que mi historia era igual a la de todos, que se había repetido y se repetirá miles de veces. Tal vez por eso, poco a poco, regresaban menos compañeros en cada desembarco; se rotaban las tripulaciones sin mayor importancia ni sentimiento; de tanto conocer extraños, uno se va volviendo más callado e introvertido; poco a poco, las tripulaciones se van haciendo más jóvenes y uno se va sintiendo más torpe o pesado en las piernas.

A veces subo a la boardilla a contemplar los barcos y a los veleros. Allí en el desván conservo como tesoros mis recuerdos, cartas, fotografías, objetos de valor, muchas veces casi insignificantes. Poco a poco, muchas cosas han ido perdiendo su valor o se borran las imágenes que me unen a ellas. Muchas ya son extrañas. “Es el alzahimer del marino”, me dijo un día mi compañera. “No; es el viento del tiempo”, le respondí a ella.

Ya no recuerdo desde cuando contemplo, cómo desaparece para siempre la nave de mis recuerdos. A todos los conservo dentro de una botella en mi corazón; como los míticos mensajes que lanzaban al azar los marineros, en los libros relacionados con historias de viajes. Cuántos poemas y cartas navegaron y navegarán a la deriva de las corrientes marinas.

Siento que jamás voy a volver a vivir, la magia de las cuatro estaciones; paráfrasis de la vida y de los sentimientos. Ahora, todo el mundo es lejano para mí; así como los sueños, las utopías o los fantásticos imposibles, que más de una vez hicimos realidad.

Cuando casi te había olvidado, me mojaron tus aguas mientras dormía; volví a sentirte igual que siempre y retorné a rogarte que regresaras. Mi pequeña sirena y ninfa de agua dulce, ¡mi inolvidable pecadito mortal!, ¡inocente penitencia del ancladero!.

A pesar de tantos recuerdos, me siento solitario, y viejo, y olvidado. Tal vez sea abuelo, pero, ¿quién podría querer a un vejestorio decrépito, arruinado y cano? Luzco deslucido. Ya nadie me pasa revista. Estropeado por los bandazos de la vida. Pasado de moda. Ahora todo es electrónico y satelital. Los jóvenes nos ven como peces disecados o piezas de la historia de la marina, ¡fósiles de los océanos!. Si supieras o pudieras imaginar un poquito, cuánto te quiero; atravesarías a nado el mar que nos separa y te unirías a mis sueños hasta siempre. Siempre te amé y te llevo, en el relicario que me acompaña. Beberé con amor la ventisca de tus labios; otros vientos, otras brisas soplarán en nuestras vidas. Ningún vendaval volverá a separarnos. Yo mismo seré el atalayador de nuestros días.

Un marinero siempre será un poeta de la vida, romancero de sus aventuras y resucitador de mitos.

Cómo no aprendí cuando escribía nombres en la arena, que el viento y hasta la espuma de la marea, borran todo lo que tallan las manos del hombre.

Toda mi tristeza sueña con ahogarse en el mar o apagar el fuego de su alma en sus aguas. Aguas de color coralino. Aguas aguamarinas. Aguas dulces. Aguas mansas. Agrias termales o muertas. Aguas turquesas. Aguas de manantial, de lluvia o de viento. Agua cruda. Aguas benditas, malditas o maldecidas.

Un manglar extiende sus tentáculos, como si me hubiese aguardado desde siempre. Con el barro hasta el cuello y con ramas enredadas por las piernas, me hundo. Desde la espesura, una extraña voz me dice: “Bienvenido a bordo”. Entonces me despierto en un sueño para siempre, con un cangrejo en la mano. ¡No importa que todo esto sea invisible, a los ojos de terceros; ni que nadie pueda comprender por qué paso las horas, construyendo barcos de papel y los ponga a navegar, en los fiordos de mi alma!...h.cediel...